El primer paso de un viaje es decretarlo, ponerle fecha y no dejar que nada sea más fuerte que tus ganas de andar.

sábado, 11 de enero de 2014

LA PRIMERA VEZ QUE ALZABA EL PULGAR

Siete horas en un avión y ya no encontraba de qué forma ponerme. Tan rápidos que son y tan inerte que es esta forma de moverse por el mundo. 420 minutos y ningún vecino de asiento cruzó más palabras de las que cruzaría con alguien en un ascensor. 

Siempre en las primeras horas en un país ajeno creo que es difícil no sentirse como pajarito en la grama. Así di mis pininos por el aeropuerto Ezeiza que sirve a la ciudad de Buenos Aires. Por haber llegado de madrugada no me quedó de otra que tomar un taxi hasta la casa de Agustín, un scout argentino que me ofreció su hospitalidad, una taza de té y una colchoneta súper cómoda donde descansar.

Mi primer día en la capital sureña y lo primero fue recorrer el centro de la ciudad. Pronto descubrí la razón de ser de su nombre y es que en todo el santo día no deja de correr una brisa que para estas fechas –finales del invierno- parece colarse entre las fibras de la ropa y llegar hasta la piel en forma de alfileres. A todas estas ya no se sienten las manos ni los dedos de los pies. Buenos Aires… 

La casa de gobierno sureña a pleno mediodía.
La Casa Rosada, Plaza de Mayo, el Cabildo, el Congreso y sus alrededores fueron dignos de ver, pero creo que lo que más robó mi atención fue ver cómo tantas fachadas de más de cien años, a lo largo de las cuadras caminadas, conservan su semblante barroco, testimonio de una influencia claramente europea. También llegué a Tigre, un lugar aledaño, artesanal y pacífico. Digno de un fin de semana bonaerense. 

El Museo de Arte de Tigre


Bonitos lugares todos y los volvería a recorrer con gusto, pero debo mencionar que hice este viaje más por una motivación sociocultural que arquitectónica. En este sentido, puedo rememorar algunos de los primeros detalles que son parte de su cotidianidad, pero que ante un forastero son curiosos. El primero de ellos es que prácticamente no desayunan. ¡Caramba! En este asunto de la comida sí que me costó acostumbrarme. Con un té, un café o un mate y unas galletas ya están listos para comenzar su jornada. Sí, yo también creí que era solamente una entrada antes del verdadero desayuno. En ocasiones se dan un lujo y desayunan facturas (una serie de panesillos dulces, algunos con dulce de leche, mermelada o simplemente con azúcar) ¡Deliciosas! Pero arrojar comida dulce a un estómago en ayuna se tradujo en un pequeño choque cultural y en dolor de barriga. 

El Hombre pensando y uno de los tantos interesantes palacetes porteños.


Lo otro fue la cena. En Venezuela, un país tropical situado entre la línea ecuatorial y el mar Caribe, durante todo el año escurece más o menos a las 6 de la tarde. Una vez oscuro, el hambre ataca y a las 8:00 pm la comida no debe demorar. Tener que esperar tres horas más para comer en Argentina fue desesperante los primeros días. 

Los planes para la capital no se debían exceder más de 5 días, sino el llegar a Ushuaia sería cuesta arriba, pero creo que me demoré una semana entera deliberadamente por miedo a la ruta. Ya no me podía tardar más. Fui a la estación de trenes y compré mi pasaje a Bahía Blanca, la última ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires y el lugar perfecto para comenzar a hacer dedo. 

Son las últimas horas de la tarde y estoy en el andén del tren, esperando para abordar. En unas 13 horas comienza la verdadera travesía con mi única compañera colgada a mis hombros. Allá me esperaba Juan, un pampeano estudiante de Educación Física que vivía alquilado con el hermano que estudiaba la misma carrera.

Un día y una noche en la ciudad de escala. Era mitad de septiembre y quería llegar a ver algo de nieve al nivel del mar en el fin del mundo. A la mañana siguiente, Juan me despidió en la última estación de servicio en la salida sur de la pequeña urbe. Era la primera vez que alzaba el pulgar, no tenía mapa ni experiencia que pudiera destacar, pero muchas ganas de Echar a andar.

jueves, 19 de diciembre de 2013

COMENZANDO POR EL FIN DEL MUNDO

Tras años de anhelo y una ya imparable ansiedad por echar a andar me animé a dar el primer paso de mi travesía. Me acababa de recibir como licenciado en Comunicación Social, así que una de las mayores ataduras -la académica- ya no era un freno. Mi familia, al igual que a mis tres hermanos mayores, tenía previsto darme de regalo un anillo de graduación, que es una costumbre en Venezuela desde hace quién sabe cuánto tiempo. En lugar de eso, les pedí que, si iban a hacer ese esfuerzo, fuera para un pasaje aéreo al sur. Con el entrecejo apretado y la boca torcida dijeron un “sí” que encubría un “¡Tú sí inventas, muchacho!”. 

Junto a mis padres y mi hermana el día de mi acto de grado.

Ya tenía fecha para mi viaje y muchas ideas de cosas que hacer, pero mientras más indagaba, más dudas surgían. Para empezar, me topé con la enormidad del país escogido: Argentina. Quería conocerlo todo, pero eso me iba a demandar mucho tiempo y recursos que no disponía, así que tuve que escoger y pensé ¿Si quiero salir a conocer el mundo y mi dirección es el sur, por qué no comenzar por su extremo?

Ya tenía una meta: ir al “fin del mundo”, y lo coloco entre comillas porque para mí se trataba de un comienzo. No tenía idea de cómo cumplir con ese sueño, pero lo decreté y comencé a investigar cómo mover cielo y tierra para llegar a Ushuaia.

Se trataba de una distancia enorme. Son 3 mil kilómetros los que separan la ciudad más austral del mundo de Buenos Aires. Ese solo pensamiento me motivaba y asustaba con la misma intensidad. Nunca había hecho un viaje tan largo.

En la medida en la que planificaba el viaje, me reunía con José Antonio, uno de mis mejores amigos y colega, quien sería mi compañero de viaje. Una vez por semana discutíamos los avances con listas de puntos de interés y mapa en mano, anexando y tachando.

Con este mapa impreso salí de mi país.

Ya más adentrado en los planes, me sentí con la confianza –sin mencionar la necesidad- de darle un vuelco al viaje y decidí que la única forma de cubrir esa distancia/ciudades y durar suficiente tiempo para disfrutarlo, era pedir cola (hacer dedo o hacer auto stop, como mejor lo conozcan). Imaginarme subiendo al auto de desconocidos me aterraba y tampoco conocía a alguien que lo hubiera hecho. Sin embargo, siempre está nuestra amiga internet. Busqué experiencias de otros mochileros y leí cantidad de blogs que me auparon a adoptar ese modo de viajar (o modo de vida, como lo quieran apreciar). Se lo plantee a José y sonriendo del susto, pero sin titubear, me siguió.

Lo siguiente era reducir los costos en cada parada. Mi siguiente paso fue unirme a la comunidad de couchsurfing, crearme un perfil bastante completo y empezar a contactar con otros viajeros que estuvieran dispuestos a mostrarme su localidad, entrar en su hogar y formar parte de sus vidas por dos o tres días, con la solidaridad como premisa. Es difícil creer que aun exista gente solidaria, pero sí, sí hay y más de las se ven a simple vista.
Más de la mitad de los techos que nos resguardarían ya estaban enlistados en una hoja de papel que titulé “Amigos en Argentina”. Allí tenía todo: Direcciones, números de teléfono, correos electrónicos y demás.

Se acercaba la fecha y ya era imperioso comprar el pasaje. Llamé a José para ir a hacer la diligencia y me contó brevemente que fuertes razones que se escapaban de su alcance lo obligaron a cancelar su propósito de viaje. Sentí que había dilatado la noticia, por eso de la negación. Lo cierto es que fue un batacazo, me cayó como un balde de agua fría. Me invadió el miedo, pero si los dos cancelábamos, todo estaría perdido. Decidí lanzarme.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba en el mostrador de la oficina de la aerolínea, pidiendo un pasaje para la primera semana de septiembre de 2011. Mientras lo pedía estaba abstraído, como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo, ido. Espabilé y el operario me estaba preguntando la fecha de retorno, que era cuatro semanas después según lo premeditado, pero seguí mi corazón y mientras mi cabeza estaba inmersa en la planificación, mi boca pronunciaba la primera semana de noviembre.

Sello de salida de mi patria
Llegada la fecha, con una mochila de 80L al hombro y únicamente 800 dólares en el bolsillo, subí a ese avión, con las manos sudorosas y tanta ansiedad que pensé que no cabría conmigo en el asiento. Buenos Aires, en 7 horas te veo.