Siete horas en un avión y ya no encontraba de qué forma ponerme. Tan rápidos que son y tan inerte que es esta forma de moverse por el mundo. 420 minutos y ningún vecino de asiento cruzó más palabras de las que cruzaría con alguien en un ascensor.
Siempre en las primeras horas en un país ajeno creo que es difícil no sentirse como pajarito en la grama. Así di mis pininos por el aeropuerto Ezeiza que sirve a la ciudad de Buenos Aires. Por haber llegado de madrugada no me quedó de otra que tomar un taxi hasta la casa de Agustín, un scout argentino que me ofreció su hospitalidad, una taza de té y una colchoneta súper cómoda donde descansar.
Bonitos lugares todos y los volvería a recorrer con gusto, pero debo mencionar que hice este viaje más por una motivación sociocultural que arquitectónica. En este sentido, puedo rememorar algunos de los primeros detalles que son parte de su cotidianidad, pero que ante un forastero son curiosos. El primero de ellos es que prácticamente no desayunan. ¡Caramba! En este asunto de la comida sí que me costó acostumbrarme. Con un té, un café o un mate y unas galletas ya están listos para comenzar su jornada. Sí, yo también creí que era solamente una entrada antes del verdadero desayuno. En ocasiones se dan un lujo y desayunan facturas (una serie de panesillos dulces, algunos con dulce de leche, mermelada o simplemente con azúcar) ¡Deliciosas! Pero arrojar comida dulce a un estómago en ayuna se tradujo en un pequeño choque cultural y en dolor de barriga.
Mi primer día en la capital sureña y lo primero fue recorrer el centro de la ciudad. Pronto descubrí la razón de ser de su nombre y es que en todo el santo día no deja de correr una brisa que para estas fechas –finales del invierno- parece colarse entre las fibras de la ropa y llegar hasta la piel en forma de alfileres. A todas estas ya no se sienten las manos ni los dedos de los pies. Buenos Aires…
| La casa de gobierno sureña a pleno mediodía. |
La Casa Rosada, Plaza de Mayo, el Cabildo, el Congreso y sus alrededores fueron dignos de ver, pero creo que lo que más robó mi atención fue ver cómo tantas fachadas de más de cien años, a lo largo de las cuadras caminadas, conservan su semblante barroco, testimonio de una influencia claramente europea. También llegué a Tigre, un lugar aledaño, artesanal y pacífico. Digno de un fin de semana bonaerense.
| El Museo de Arte de Tigre |
| El Hombre pensando y uno de los tantos interesantes palacetes porteños. |
Lo otro fue la cena. En Venezuela, un país tropical situado entre la línea ecuatorial y el mar Caribe, durante todo el año escurece más o menos a las 6 de la tarde. Una vez oscuro, el hambre ataca y a las 8:00 pm la comida no debe demorar. Tener que esperar tres horas más para comer en Argentina fue desesperante los primeros días.
Los planes para la capital no se debían exceder más de 5 días, sino el llegar a Ushuaia sería cuesta arriba, pero creo que me demoré una semana entera deliberadamente por miedo a la ruta. Ya no me podía tardar más. Fui a la estación de trenes y compré mi pasaje a Bahía Blanca, la última ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires y el lugar perfecto para comenzar a hacer dedo.
Son las últimas horas de la tarde y estoy en el andén del tren, esperando para abordar. En unas 13 horas comienza la verdadera travesía con mi única compañera colgada a mis hombros. Allá me esperaba Juan, un pampeano estudiante de Educación Física que vivía alquilado con el hermano que estudiaba la misma carrera.
Un día y una noche en la ciudad de escala. Era mitad de septiembre y quería llegar a ver algo de nieve al nivel del mar en el fin del mundo. A la mañana siguiente, Juan me despidió en la última estación de servicio en la salida sur de la pequeña urbe. Era la primera vez que alzaba el pulgar, no tenía mapa ni experiencia que pudiera destacar, pero muchas ganas de Echar a andar.