Tras años de anhelo y una ya
imparable ansiedad por echar a andar me animé a dar el primer paso de mi
travesía. Me acababa de recibir como licenciado en Comunicación Social, así que
una de las mayores ataduras -la académica- ya no era un freno. Mi familia, al
igual que a mis tres hermanos mayores, tenía previsto darme de regalo un anillo
de graduación, que es una costumbre en Venezuela desde hace quién sabe cuánto
tiempo. En lugar de eso, les pedí que, si iban a hacer ese esfuerzo, fuera para
un pasaje aéreo al sur. Con el entrecejo apretado y la boca torcida dijeron un
“sí” que encubría un “¡Tú sí inventas, muchacho!”.
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| Junto a mis padres y mi hermana el día de mi acto de grado. |
Ya tenía fecha para mi viaje
y muchas ideas de cosas que hacer, pero mientras más indagaba, más dudas
surgían. Para empezar, me topé con la enormidad del país escogido: Argentina.
Quería conocerlo todo, pero eso me iba a demandar mucho tiempo y recursos que
no disponía, así que tuve que escoger y pensé ¿Si quiero salir a conocer el
mundo y mi dirección es el sur, por qué no comenzar por su extremo?
Ya tenía una meta: ir al
“fin del mundo”, y lo coloco entre comillas porque para mí se trataba de un
comienzo. No tenía idea de cómo cumplir con ese sueño, pero lo decreté y
comencé a investigar cómo mover cielo y tierra para llegar a Ushuaia.
Se trataba de una distancia
enorme. Son 3 mil kilómetros los que separan la ciudad más austral del mundo de
Buenos Aires. Ese solo pensamiento me motivaba y asustaba con la misma
intensidad. Nunca había hecho un viaje tan largo.
En la medida en la que
planificaba el viaje, me reunía con José Antonio, uno de mis mejores amigos y
colega, quien sería mi compañero de viaje. Una vez por semana discutíamos los
avances con listas de puntos de interés y mapa en mano, anexando y tachando.
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| Con este mapa impreso salí de mi país. |
Ya más adentrado en los
planes, me sentí con la confianza –sin mencionar la necesidad- de darle un
vuelco al viaje y decidí que la única forma de cubrir esa distancia/ciudades y
durar suficiente tiempo para disfrutarlo, era pedir cola (hacer dedo o hacer auto stop, como mejor lo conozcan). Imaginarme
subiendo al auto de desconocidos me aterraba y tampoco conocía a alguien que lo
hubiera hecho. Sin embargo, siempre está nuestra amiga internet. Busqué
experiencias de otros mochileros y leí cantidad de blogs que me auparon a
adoptar ese modo de viajar (o modo de vida, como lo quieran apreciar). Se lo
plantee a José y sonriendo del susto, pero sin titubear, me siguió.
Lo siguiente era reducir los
costos en cada parada. Mi siguiente paso fue unirme a la comunidad de
couchsurfing, crearme un perfil bastante completo y empezar a contactar con
otros viajeros que estuvieran dispuestos a mostrarme su localidad, entrar en su
hogar y formar parte de sus vidas por dos o tres días, con la solidaridad como
premisa. Es difícil creer que aun exista gente solidaria, pero sí, sí hay y más
de las se ven a simple vista.
Más de la mitad de los
techos que nos resguardarían ya estaban enlistados en una hoja de papel que
titulé “Amigos en Argentina”. Allí tenía todo: Direcciones, números de
teléfono, correos electrónicos y demás.
Se acercaba la fecha y ya
era imperioso comprar el pasaje. Llamé a José para ir a hacer la diligencia y
me contó brevemente que fuertes razones que se escapaban de su alcance lo
obligaron a cancelar su propósito de viaje. Sentí que había dilatado la
noticia, por eso de la negación. Lo cierto es que fue un batacazo, me cayó como
un balde de agua fría. Me invadió el miedo, pero si los dos cancelábamos, todo
estaría perdido. Decidí lanzarme.
Lo siguiente que recuerdo es
que estaba en el mostrador de la oficina de la aerolínea, pidiendo un pasaje
para la primera semana de septiembre de 2011. Mientras lo pedía estaba
abstraído, como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo, ido. Espabilé y el
operario me estaba preguntando la fecha de retorno, que era cuatro semanas después
según lo premeditado, pero seguí mi corazón y mientras mi cabeza estaba inmersa
en la planificación, mi boca pronunciaba la primera semana de noviembre.
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| Sello de salida de mi patria |
Llegada la fecha, con una
mochila de 80L al hombro y únicamente 800 dólares en el bolsillo, subí a ese
avión, con las manos sudorosas y tanta ansiedad que pensé que no cabría conmigo
en el asiento. Buenos Aires, en 7 horas te veo.



excelente blog, y pues así como tu hay muchos que estamos en ese camino, gracias por compartir la experiencia y por ser un motivador al permitirnos participar en tu experiencia de la primera parte de tu viaje..
ResponderEliminarNUNCA HABÍA VISTO TU BLOG, PERO ME PARECE BIEN INTERESANTE. PODRÍAS ESCRIBIR MAS Y CONTARNOS DE TUS HISTORIA DE VIAJE ASÍ ANIMARAS A OTROS A SEGUIR LA AVENTURA DE SUS SUEÑOS. Y HAY UNA PREGUNTA PARA TI ¿POR QUÉ ARGENTINA?
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